Cuando un huracán como “Katrina” o una borrasca como “Filomena” azotan una región, sus nombres quedan grabados en la memoria colectiva. Pero, ¿quién decide cómo se llaman y por qué es necesario ponerles nombre? Lo que comenzó como una práctica informal para los ciclones tropicales se ha convertido en un sistema meticuloso y coordinado a nivel mundial y, en las últimas décadas, también europeo.

El origen: Nombres para domar al caos en los trópicos
La tradición de nombrar huracanes, tifones y ciclones tiene su origen en la necesidad de evitar confusiones, especialmente cuando varios fenómenos de este tipo coinciden en el océano. Durante la Segunda Guerra Mundial, los meteorólogos militares estadounidenses comenzaron a ponerles nombre de forma extraoficial, a menudo inspirándose en sus esposas o novias. Esta práctica se formalizó en 1953, cuando Estados Unidos adoptó un sistema organizado usando exclusivamente nombres femeninos, una decisión que fue criticada y que, en 1979, dio paso al sistema actual que alterna nombres masculinos y femeninos.
A nivel global, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) es la encargada de mantener el orden. Para los huracanes del Atlántico, por ejemplo, existen seis listas rotatorias de 21 nombres (uno por cada letra del alfabeto, excepto Q, U, X, Y, Z) que se repiten cada seis años. Sin embargo, si un huracán ha sido especialmente devastador (como “Katrina” en 2005), su nombre es retirado de la lista por respeto a las víctimas y se sustituye por otro con la misma inicial.
Europa se suma a la iniciativa: El Grupo Suroeste

Inspirados por el éxito de estos sistemas, varios servicios meteorológicos europeos decidieron adoptar un método similar para las borrascas de gran impacto que afectan al continente. A diferencia de los huracanes, que son ciclones tropicales, las borrascas son ciclones extratropicales, pero su potencial destructivo es igual de peligroso.
En el suroeste de Europa, España, a través de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), forma parte del Grupo Suroeste de nombramiento. Como detalla el portal eltiempo.es, este grupo lo componen también Portugal (IPMA), Francia (Météo-France), Bélgica (RMI), Luxemburgo (MeteoLux) y, desde la temporada 2025-2026, Andorra (MeteoAnd) . El objetivo principal es unificado: mejorar la comunicación del riesgo y hacer que los mensajes de alerta sean más claros y memorables para la población.
¿Cuándo merece una borrasca tener nombre?
No cualquier frente lluvioso recibe un bautizo oficial. Los criterios son estrictos y buscan identificar solo aquellos fenómenos que pueden tener un “gran impacto” en la población y las infraestructuras. Una borrasca es nombrada cuando, según los umbrales acordados, va a provocar:
- Avisos naranjas o rojos por vientos muy fuertes.
- Avisos naranjas o rojos por precipitaciones o nevadas, que además estén acompañados de avisos amarillos por viento.
La lista de 2025-2026: Un crisol de culturas
Cada año, los países del Grupo Suroeste se reúnen y consensúan una nueva lista de 21 nombres, que se van utilizando por orden alfabético a lo largo de la temporada (que comienza en septiembre). Para la temporada 2025-2026, la lista oficial de AEMET es:
Alice, Benjamin, Claudia, Davide, Emilia, Francis, Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils, Oriana, Pedro, Regina, Samuel, Therese, Vítor y Wilma.
Esta selección no es aleatoria. Cada país miembro aporta nombres de su propia cultura y lengua, lo que da lugar a una mezcla fascinante que incluye nombres de origen portugués, francés, luxemburgués y, por supuesto, español, como se puede apreciar con Goretti, Marta o Pedro.

La fuerza de un nombre: De Filomena a Ciarán
La efectividad de este sistema se demuestra con ejemplos recientes. El nombre de la borrasca Filomena (enero de 2021) se convirtió en sinónimo de la nevada histórica que paralizó el centro de España. De igual modo, Ciarán (noviembre de 2023) alertó eficazmente a la población de Galicia y el Cantábrico sobre las peligrosas rachas de viento que superaron los 150 km/h.
Este método no es exclusivo del suroeste. En Europa existen otros grupos de trabajo, como el del noroeste (Reino Unido, Irlanda y Países Bajos) o el del norte (Dinamarca, Suecia y Noruega). Cada uno elabora su propia lista, pero cuando una misma borrasca afecta a varias zonas, se respeta el nombre que le fue asignado primero para evitar la confusión que precisamente se quiere combatir.

En definitiva, poner nombre a las tormentas es mucho más que una simple etiqueta. Es una herramienta de salud pública que, al humanizar el fenómeno, facilita la coordinación entre países, potencia la claridad de los avisos y ayuda a que la sociedad interiorice la magnitud del riesgo, contribuyendo así a salvar vidas.
Fuentes | eltiempo.es | Casa de la ciencia | Grupo cajamar



